(Primera Parte sobre la Exposición del Expresionismo Alemán: click aquí)
Tercer acto: danza macabra con la muerte en Berlín
Die Erde blutet unterm Helmkopf
Sterne fallen
Der Weltraum tastet.
—August Stramm
Para finales de 1911, los expresionistas ya se habían instalado en Berlín, metrópoli con vida cultural efervescente, pero plagada de miedo, frustración y desesperación. Ingmar Bergman la retrata en El huevo de la serpiente. No se sabe en qué momento saldrá un asesino al doblar la esquina. Las casas se derrumban conforme se pasa frente a ellas. No conviene mirar atrás.
Hay un pequeño paréntesis en la atmósfera de desesperación que reina en la exposición: los grabados de Hamburgo de Emil Nolde. Nolde tenía una caja con añoranza, melancolía, tristeza y nostalgia.
Con esos colores pintó barcos y olas rítmicas que se difuminan en la niñez sepia de sus recuerdos. Proyectos de drenaje se llevaban el agua de los ríos alemanes, tragedia que expresa la dicotomía ciudad-campo.
Complementan esta isla de reminiscencias románticas impresiones de nevadas de Erich Heckel y un paisaje ruso desde los ojos de Rottluff. También están los retratos de nativos africanos y polinesios. Muchos artistas sacaron provecho de expediciones etnográficas alemanas que les permitió conocer danzas y rituales exóticos ignotos en tierras europeas.
Mientras se recorre este tramo final, el sentimiento de zozobra perdura. De avivarlo se encarga, por ejemplo, Ernst Ludwig Kirchner con El asesino. Inspirado en La bestia humana de Émile Zola, el cuadro muestra al ferrocarrilero que se siente obligado a asesinar a las mujeres que le atraen sexualmente. Max Beckmann añade misterio dibujando asesinatos consumados en burdeles de Hamburgo. El tema de Lustmord abarcó gran parte de las obras de este período.
De pronto irrumpe la guerra en la escena. Se confirman las sombrías premoniciones que los heraldos vienen anunciando desde que inició el recorrido. Algunos como el siempre brillante escritor Ernst Jünger tomaron las armas con convicción: “La guerra nos parecía un lance viril, un alegre concurso de tiro celebrado sobre floridas praderas en que la sangre era el rocío… Kein schöner Tod ist auf der Welt (No hay en el mundo muerte más bella)“. No es el caso de muchos expresionistas.
A diferencia de Jünger, Otto Dix no ve un egregio ballet entre las balas, percibía una marcha fúnebre de cuerpos desechables. La constante en su portafolio La guerra es la histérica calavera cuya risa es devorada por gusanos en trincheras. Mientras atardece en Wijtschate, marinos embriagados evaden la realidad en un salón con mesas a contraluz de Amberes.
Cuando finaliza la guerra, deambulan los mutilados por las calles. Veteranos con patas de palo pasan delante de zapaterías marchando. Ya después vendrá Gottfried Benn a diseccionar cuerpos con poesía en la morgue. Käthe Kollwitz se enfoca en la desesperación, en las vidas destruidas por la hiperinflación. La pobreza y viudez alimentan nuevas llamas. Culmina el recorrido.
Quienes acudan a la exposición en Bellas Artes hallarán ese torbellino de fuerzas que fue el expresionismo. Las piezas del MoMA diseccionan la desesperanza en tres actos: preocupación de individuos solitarios por el consumismo rampante, la anodina tranquilidad urbana y las visiones apocalípticas sobre el colapso de la civilización. El expresionismo bien vale una visita.
(Primera Parte sobre la Exposición del Expresionismo Alemán: click aquí)
Text: Luis Alfonso Gómez Arciniega





